no me toques el trencadís

—¡El Parque Güell!

Aquella voz masculina era todo menos discreta. Levanté la vista para identificar a su propietario. Estaba frente a mí, en el otro extremo de la terma, más o menos a unos cinco metros. Era un tipo corriente de mediana edad, con la cabeza afeitada.

—Esperaba otra cosa pero…— continuó —¿sabéis qué? tan solo habían cogido unos cuantos azulejos para machacarlos y pegarlos en una rana y una culebra…— paró un segundo solo para tomar aire —. Piqué de la manera más tonta. Nueve euros para eso… ¿Qué me pareció? Una mierda, eso es, una puta mierda. Pudimos habernos ahorrado el paseo.

Sus interlocutores me daban… LEER MÁS


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